Capítulo 1

Máximo 

2019

—Quiero el divorcio, Máximo —me dice con determinación, apartándome cuando intento besarla—. Espero que puedas firmarlo, porque ya no hay vuelta atrás.

Si me hubieran dado a elegir entre un disparo directo al pecho o esta maldita mierda, habría preferido que me mataran. ¿Divorcio? Tiene que ser una broma.

—¿Por qué dices tonterías, Zulema? —murmuro, acercándome otra vez.

Cuando la tengo entre los brazos, me invade la urgencia de nuevo. Seguro está molesta por algo y me lo dirá en cuanto me tenga dentro.

No puedo más. Llevo más de doce horas sin tocarla, y me estoy volviendo loco. Estoy seguro de que ella también lo resiente, y por eso me dice todas estas cosas.

—No estoy diciendo tonterías, Máximo —me responde, poniéndose rígida y apartándose con más fuerza—. Ya no quiero estar contigo.

Cuando se vuelve hacia mí, su mirada me lo revela todo. Es verdad, ella quiere el divorcio.

—No puedes estar hablando en serio, Zulema —le digo con voz temblorosa—. ¿Qué demonios pasó ahora?

—Que este matrimonio no funciona, que…

—No, no puedes decir eso —jadeo, caminando hacia ella para tomarla por los brazos—. ¿Qué es lo que te hace falta? Lo tienes todo, nuestras hijas son perfectas, eres la maldita envidia de toda la gente. ¿Qué más hace falta para que seas feliz?

—Nada. Ya no puedes darme nada para que quiera quedarme —responde con frialdad y la mirada apagada—. Lo siento, Máximo, pero nunca te diste cuenta de lo que tanto necesitaba.

No puedo contestar de inmediato. La angustia y el pánico me ahogan; mi mente es un caos, intentando recordar en qué he fallado. Es casi seguro que en muchas cosas, pero en ese momento no puedo pensar en nada que amerite el divorcio.

No, no me puede pedir el divorcio cuando la amo de esta forma, cuando todo mi cuerpo se sigue incendiando al tenerla cerca.

—¿Qué es lo que quieres, cerebrito? —le pregunto desesperado, sintiendo que mis ojos escuecen—. Solo dímelo y lo tendrás, pero deja de decir que vamos a divorciarnos. No pienso hacerlo, ¿me entiendes?

—Suéltame, Máximo, por favor —dice, removiéndose—. ¿No puedes entender que ya no hay nada que hacer?

—¡¿Por qué?! —le grito a la cara, y ella se estremece—. Dame una maldita explicación, Zulema. Anoche me dejaste tocarte, me serviste la cena con el mismo esmero de siempre, ¿qué fue lo que cambió? Zulema, por Dios, dímelo. Dime qué hice mal.

—Yo no…

—No, no te vas a separar de mí —jadeo, buscando sus labios.

Debe ser un error, una tormentosa pesadilla. Tal vez me está castigando por olvidar la lista del supermercado, por haber dejado la toalla mojada sobre la cama hace dos días o cualquiera de esos imperfectos que se me escapan por llegar siempre a prisa al trabajo.

—Ya no te amo, Máximo —susurra, mirándome a los ojos—. Eso es lo que pasa.

—¡No! —bramo mientras caigo de rodillas al suelo—. Eres una maldita mentirosa, no.

—Es la verdad. Fuiste matando este amor lentamente, y ahora es que puedo decírtelo a la cara —me responde, tratando de librarse de mí—. Ya no puedes hacer nada para salvar nuestro matrimonio.

—Las cosas siempre se pueden arreglar —sollozo, desesperado—. Zulema, por favor, no me mientas así. Dime que no es verdad lo que me dices.

—Máximo, ¿qué es lo que te pasa? —pregunta con voz temblorosa—. No, no…

—Zulema, te lo pido, no lo hagas, no sigas con esto —suplico, sintiendo que el pecho se me desgarra—. Haré lo que quieras, te lo juro. Cambiaré lo que haga falta, pero no…

—Lo siento, pero no quiero eso.

Mi esposa intenta irse de nuevo, pero me aferro a sus piernas, besándoselas con verdadero fervor. Soy consciente de lo mucho que me estoy humillando, pero simplemente no me importa. No puedo permitir que me deje; es la única mujer que amo y que amaré por el resto de mi vida.

—Dime que es una broma, Zulema —susurro—. Dime que no quieres dejarme, que podemos solucionarlo. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para que no lo vuelvas a decir. Te amo, aunque no lo diga nunca. Te amo con todo mi ser. ¿No lo sientes?

—Ese es el problema, que lo dices demasiado tarde —solloza—. Ya no tiene sentido que me lo confieses.

Cuando Zulema logra salir del despacho, me quedo petrificado, pensando en mil regalos que puedo hacerle, en las cartas que puedo escribirle y en todas esas cursilerías que las mujeres desean. Sin embargo, nada me parece suficiente.

Lo único que me queda es no separarme de ella, cocinarle, atenderla, contratar a alguien más para que maneje la empresa.

Mi pequeña pelirroja puede ayudarme.

—Lo siento, papá, pero yo la apoyo —me dice con frialdad, lo que me impacta como una bofetada.

¿Cómo puede mi hija favorita, la luz de mis ojos, hacerme esto a mí? ¿Qué le he hecho yo?

—Hija, te lo ruego —suplico, tomando su rostro entre mis manos—. Sé que no debo meterte en esto, pero ayúdame. Ella no se puede ir, no puede dejarnos. Prometo que haré lo que sea, pero…

—No, papá. Ella se quiere ir y no puedes detenerla —responde, empujándome con suavidad para que me aparte—. Yo la apoyo, quiero que sea feliz.

—Cassia, por favor —imploro una vez más—. Habla con ella, por favor…

—No, no lo haré —suspira—. Lo siento, papá, pero ella ya lo decidió. Es muy doloroso saber que no es feliz a tu lado, pero es que lo provocaste. Tú tienes la culpa.

—No, yo no, yo no…

Pero mi hija sube las escaleras, dejándome solo con mi dolor, sin poder hacer nada para detener esta pesadilla.

—Papi —me llama Liliana, saliendo desde el comedor—. ¿Qué está pasando?

—Tu madre quiere dejarme. No puede hacerlo, no puede…

—Trataré de ayudarte, pero cálmate, por favor —me dice, acercándose.

Su abrazo no me consuela, pero me aferro a Liliana porque es lo único que me queda ahora.

—No me dejes. No me dejes tú.

—Nunca, papá, nunca te dejaré —solloza—. Me tienes a mí, solo a mí.

¿Cómo decirle que eso no es suficiente para mí? ¿Cómo explicarle que sin Zulema no puedo vivir? Y si se lleva a Cassia será aún peor, será como si nuestro amor nunca hubiera existido.

—No dejaré que se vayan. Absolutamente no —digo, soltándola—. Nosotros somos una familia, y así es como nos vamos a quedar.

Por desgracia, ninguno de mis ruegos funcionó, y el culpable fue otro maldito hombre.

Un maldito hombre al que le abrí las puertas de mi casa.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio