Máximo
2021
—Y yo ya no estoy para seguir aguantando tus humillaciones —me interrumpe con una frialdad que me deja claro que estoy más que jodido—. No solo perdiste a tu mujer, también perdiste a tu hija. Desde este momento, para mí estás muerto.
El dolor que me causa es tan fuerte que me da la impresión de estar dentro de un túnel, donde sus palabras rebotan contra las paredes y regresan a mí con una fuerza inhumana.
Estoy muerto para mi pequeña pelirroja. El rencor que le he guardado todo este tiempo me ha hecho perderlo todo.
—No, eso no…
—Es cierto —me interrumpe.
No hace falta que me diga nada más. Su mirada y la de su madre me lanzan al infierno de nuevo, aunque esta vez de manera merecida. Lo único que he hecho todo este tiempo para sobrevivir es esconderme detrás del rencor, detrás de Liliana.
Mi pobre hija ha sido mi escudo para no desmoronarme ante estas dos mujeres, que son mi debilidad.
Le lanzo una última mirada a Zulema antes de marcharme en silencio, con el mundo hecho trizas otra vez.
Mientras bajo en el ascensor, pienso en regresar y tomarlas. No quiero que mi hija sea modelo, pero mucho menos que Zulema llegue a interesarse por eso.
He podido soportar estar lejos de ella sabiéndola en una vida discreta, pero ¿a la vista de todos ellos? ¿De verdad podría dejar que la vean?
Aun así, la cobardía prima en mí, y no regreso. Les he hecho tanto daño a las dos que no soy capaz de destrozarlas más. Mi hija siempre será mi pequeña pelirroja, y Zulema, mi cerebrito, pero he perdido todo derecho al perdón.
Al entrar en el auto, las lágrimas salen solas. Es insoportable el sentimiento de desolación que me embarga. ¿Por qué mi hija me odia tanto? ¿Por qué no creyó jamás en mí?
—Zulema, yo no puedo estar muerto para ti —suspiro—. No, para ti no.
Le pego al volante una y otra vez, maldiciendo la hora en que nací y mi destino se encaminó a atarse al de ella. La amo desde que la vi. He sido solo suyo desde antes de conocernos.
¿Cómo pudimos terminar de esta forma? ¿Cómo puede el fruto de ese amor rechazarme así?
Cierro los ojos, intentando calmarme y pensar que mi hija solo está enfadada, que en realidad aún me quiere. Zulema también me sigue amando; me lo demostró cuando nos besamos en el hospital.
Ya perdí la cuenta de las veces en que me he tocado, pensando solo en el sabor de sus labios, en imaginar mis brazos alrededor de su cintura y en su respiración entrecortada.
Ese malnacido no la toca, o no como debería. No la hace arder de deseo con solo un beso.
—Zulema, Zulema —jadeo, sintiendo que me falta el aire.
Si antes estaba mal, ahora me siento peor. Ese beso no se borra de mi cuerpo, mucho menos las dudas que me dejó. Y Cassia… mi hija no debe saber nada de sus razones, y por eso me odia.
—No puedo más —suspiro, frotándome el rostro.
No me doy cuenta de mi llanto hasta que veo las palmas de mis manos empapadas de lágrimas. Mi alma entera está rota y tal vez la muerte sea un buen descanso para tanto sufrimiento.
Pero no. No puedo hacerles más daño.
Enciendo el auto y conduzco sin rumbo durante un largo rato, deteniéndome frente a la dulcería a la que muchas veces llevé a mis hijas en su infancia.
Todavía tengo bien grabados los ojos de Cassia, iluminándose por aquellos chocolates que sé que aún existen y que le compro en cada cumpleaños sin que se entere, porque no me atrevo a entregárselos.
No espero que me perdone por esto, pero de todos modos camino hacia el área donde los tienen y pido la caja más hermosa con una tarjeta. La mano me tiembla mientras intento escribir lo arrepentido que estoy por lo que fui a decirle, que solo fue producto de la desesperación en la que ella y su madre me tienen hundido desde que se fueron de casa.
—¿Se encuentra bien, señor? —me pregunta el cajero que me atiende—. Se ve…
—Dame tiempo —murmuro sin mirarlo—. Necesito escribir esto. Lo necesito de verdad.
Mi letra es torpe y temblorosa, igual que en todas las cartas que escribí para Zulema y que nunca le entregué por ridículas.
Pero esta vez sí tengo que enviar la nota. Necesito disculparme con mi hija y recuperar la única parte que me queda de mi cerebrito.
Cierro el sobre con cuidado, sintiendo que me he arrancado una parte del corazón para dejarla ahí. Aunque he expresado muchas cosas, no es ni la milésima parte de lo que ella significa para mí.
Salgo de la tienda con paso desganado, luchando contra ese instinto de protección que siempre me envuelve cuando me encuentro con mi par de pelirrojas. Estoy muerto en vida, pero una parte de mí se aferra a la esperanza de obtener el perdón, por mínimo que sea.
Si tengo que dedicar mi vida a que mi hija me perdone y a que Zulema me diga la verdad, lo haré.
Ya no tengo nada más que perder. Mi vida la tienen en sus manos.